Durante el montaje del hórreo, tras haber pasado por reparación y preparación de montaje en taller, en Candás, para más señas, no todo fue un camino de rosas. Sufrimos varios percances, fundamentalmente Santi y Chus, los que hicieron el montaje in situ. Un día una furgoneta se estropeó por la autopista. Otro día la carroceta que traía la madera casi queda varada en el prao. Otro día en el taller, preparando las cosas, Santi se dio un golpe con un madero en la cabeza. Tábamos ciguaos.
Chus me contó entonces que su madre, con una especial percepción para lo diferente, había visto como que una señora un poco regordeta se quejaba por el traslado, y me preguntó que si les había pedido permiso a mis parientes para traerlo. A mis parientes quería decir a mis ancestros. Le dije que no, y me contó que tenía que hacerlo. Poner una velina con unas fotografías de ellos, y explicarles el proceso.
Como yo tengo mucho respeto por esas cosas, decidí hacerlo así. Puse una foto de mis bisabuelos, SIlverio y Natividad, que encontramos en el hórreo y una foto de mi abuela materna, su hija, y a la que yo no llegué a conocer, y les expliqué el proceso. Que el traslado consistía en preservar el hórreo, que Natividad había comprado en febrero de 1926. Desde ese momento, los percances desaparecieron.
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