viernes, 24 de abril de 2026

Incontinencia escrita

Me gustan las historias de médicos y de enfermedades raras. Tienen un especial atractivo para mi, y no sabría decir porqué. Las personas que me conocen lo saben, y comparten conmigo toda anécdota relacionada. El otro día un amigo mío, en una sala de espera de un dentista, escuchó una parte de una conversación entre dos personas que parecían esperar juntas. Al parecer, una de ellas le confesaba a la otra que últimamente, sin saber porqué, sufría de una especie de incontinencia que le obligaba a estar escribiendo casi de manera contínua. Incluso que se levantaba por las noches, y no para aligerar vejiga, sino para escribir. Una frase o un párrafo, pero tenía papel y boli en la mesita. No sabía a que se podría deber, y tampoco sabía a quién consultar. No sabía si eso era bueno o malo. El otro le preguntó que qué había hecho. "Lo sometí a una opinión mejor que la mía, la del oráculo de los dioses", fue la repuesta pedante del incontinente.

El oráculo de los dioses en realidad era un grupo variable de 8 o 9 jubilados que se reunían los jueves por la tarde a tomar un café descafeinado o una tónica, nunca más allá, y que tenía poco de oráculo y nada de dioses. Una pandilla de jubilados que mejor estaban apoyados en una barandilla vigilando obras, se dedicaba a intentar arreglar el mundo, con la inestimable ayuda de que entre todos pasaban de seiscientos años de vida. El oráculo, al que voy a seguir llamando así, con un poco de carga irónica, lo reconozco, decidió que de aquella reunión debía salir cuál sería el órgano al que se le debía trasladar la consulta. Menúdo oráculo de mis narices, pensé cuando me lo contó. Hablaron de encidar a un urólogo, por la incontinencia, a un neurólogo, por si era fruto de una distorsión cognitiva que le producía hiperactividad mental, y, por otros motivos, a un psicólogo y hasta a una tarotista. Como el oráculo no emitía una opinión colegiada, cosa que yo ya esperaba, finalmente, el incontinente decidió desechar la idea inicial del urólogo y le colocó una n y una e delante.

El caso es que pasó el tiempo y a mi amigo le llegó el momento de entrar al potro de tortura, y no pudo escuchar más de lo que el incontinente le contaba al acompañante, bajo secreto de confesión colectivo.

Si formaras parte del oráculo, ¿qué consejo le hubieras dado tu?

El ánodo de sacrificio

Me he acordado hoy, escuchando la radio, del concepto de ánodo de sacrificio. Es un poco técnico, pero ahí va, porque es importante para esta disertación. Cuando se ponen en contacto dos metales, directamente o a través de vualquier conductor de corriente eléctrica, se produce un movimiento de electrones entre ellos, que pasan de un metal a otro. Uno pierde electrones y otro los gana. Hagamos dogma de fe en esto, sin preguntarnos más. Lo que sucede a continuación es que el que el metal que cede electrones se va corroyendo, se sacrifica por el otro, de ahí el nombre de ánodo de sacrificio. Tiene muchas aplicaciones industriales interesantes, y el que quiera saber más, que lo busque. Pero quedémonos con que uno de los metales se corroe, forzosa o voluntariamente, para que el otro sobreviva.

En la radio, esta mañana, hablaban del moho en las comidas, ya fuera en un queso azul o en un yogur o unos pimientos olvidados en la nevera. Pensé entonces también en la carne roja que dicen que se deja que se pudra por fuera para mantener intacto el chuletón por dentro. Se raspa esa parte que se corroe y lo que hay debajo está excelente, y no entraré en disquisiciones veganas o no. Con lo que trato de jugar es con el ejemplo.

Pensé también, de la misma forma con las relaciones personales. A veces, una relación de amigo, de pareja o de cualquier razón, siempre que sea posible de romper, hay que dejar que se pudra, que haga de ánodo de sacrificio, que se corroa y garantice una superviviencia más importante, que debajo hay algo más válido, eso a lo que se está protegiendo. Que es una transición natural de las cosas.

jueves, 23 de abril de 2026

Unes vigues de castañu vieyu (I)

Hace ya un tiempo, decidí arreglar un hórreo que teníamos, de la familia, en una finca junto a una casa abandonada y medio derruída. No sé porque me vino esa idea. Bueno, realmente, la primera duda fue si recuperar el hórreo restaurándolo o si hacer uno nuevo, pero ponerlo en donde tenemos una casa familiar cerca de Gijón, pero ya en el concejo de Villaviciosa. La legislación no te permite sacar un hórreo de donde se encuentra, para repararlo, y después devolverlo al mismo sitio si la casa a la que va a acompañar en la quintana no está habitada. Quise que fuera el hórreo antiguo porque aunque era trasladarlo, tan sólo cinco kilómetros, y aunque era pasarlo de donde era mi abuela paterna a de donde era mi abuelo paterno. En cierto modo, pensé, era como reunirlos de nuevo.

El proceso de conseguir los permisos fue arduo y largo, ante el ayuntamiento de Villaviciosa. No recuerdo ahora con certeza cuando lo inicié, pero tardó unos quince meses en estar en mi mano. Quince meses para desplazar un hórreo dentro del municipio y de la misma parroquia, de una finca de la familia a otra finca de la familia. Aunque es cierto que no estaba en mal estado de conservación, en esos quince meses el hórreo podría haberse caído o deteriorado, y entonces, obvio, la recuperación ya no hubiera tenido sentido.

Cuando pedí los presupuestos para repararlo, siendo todos muy parecidos en el importe, me quedé con el que me daba un plazo de comienzo lo más próximo posible. Los que me hicieron el desmontaje, restauración en taller y montaje en emplazamiento definitivo eran conocidos. Habían reparado una trabe del hórreo de unos amigos, yo había visto la operaxión y me pareció una solución buena e ingeniosa, por lo que tenía completa confianza en ellos.

El hórreo, para quien no lo sepa, es una construcción típica asturiana utilizada históricamente para almacenar el grano u otras cosechas. Está bien ventilado y aislado del suelo por las patas o pegoyos, que tienen encima de ellos una piedra plana llamada muela que impide que los ratones puedan subir. Así, se puede guardar en los hórreos cualquier cosa que se quiera conservar seca y dura más tiempo fresca que en otro lugar.

Lo que no había pensado nunca es en la metáfora que constituye un hórreo: tiene una puesta a tierra que son los pegoyos, pero, al mismo tiempo, vive aislado de ella.

CONTINUARÁ

martes, 21 de abril de 2026

Fiesta de la Séptima Generación (II)

- He pensado dar una fiesta. Quiero que sea una cena y que termine con un baile. ¿Qué te parece la idea?

E: - Espera, porque me ha volado la cabeza. ¿A cuento de qué? Te digo dos cosas. La primera, que la idea me encanta, ya sabes cómo me gustan a mi las fiestas. La segunda, que, como mínimo, debes haber perdido el juicio, porque sé como las odias tu. Algo te tiene que estar pasando. ¿Un ictus, quizás?

- No seas exagerada. No me gustan mucho, pero de ahi a odiarlas... Sabes porqué te lo cuento, ¿no?

E: - Claro. Eres muy predecible. Ya sabía que estabas tramando algo. Cuando te quedas con la mirada fija, distraída, y abres mucho de repente los ojos, sé que algo se te ha metido en la cabeza. Lo has hecho antes. Tienes una idea feliz, y ahora quieres que yo te organice el banquete de bodas. Quieres que sea tu Wendy.

- Jajajaja. ¿Todavía te acuerdas de la anécdota que nos contó Enrique de la "wedding planner"?

E: - ¿Cómo no me voy a acordar? Creo que estuve riéndome una semana de la ocurrencia. Pero no me has contestado.

- Si, quiero. Que seas mi Wendy, ¿nomecomprendes?. No entendería que la pudiera organizar otra persona. Eres la mejor.

E: - Y tu un pelotas. ¿Cuándo será la fiesta, dónde y cuantos invitados habrá? Empieza a darme datos.

- Cuándo, el día de mi cumpleaños, dónde, aquí en Gijón, cerca del centro, estoy barajando dos o tres sitios, y cuántos invitados estoy dudando si hacerla de unos 30 o de alrededor de 70. Estoy manejando dos listas.

E: - ¿Una fiesta de cumpleaños? Esto si que se pone raro.

- Eso si que no, a una fiesta de cumpleaños me niego. Es una especie de sorpresa para otras personas.

E: - ¿Y no sabes aún a quién invitarás? De 30 a 70 cambia mucho la fiesta.

- No, aún no lo sé.

CONTINUARÁ

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