Hay dos formas de entrar a un laberinto: voluntaria y forzosa.
De forma voluntaria, como el que entra en un juego, Tiene la ventaja de que se suele conocer la vía de escape y en cualquier momento se puede salir. La navegación dentro no debería generar angustia, porque quien por su gusto corre, jamás de la vida cansa. No siempre es cierto, y a veces se queda uno atrapado absurdamente.
De forma forzosa, que tiene también dos variantes, que alguien te fuerce a entrar o que tu mismo te fuerces, que también se dice artificialmente voluntaria. En estos dos tipos de entrada forzosa también conocemos como se escapa, pero o nos hacemos los tontos o nos cuesta pulsar el botón del pánico porque por pánico puro se nos olvida que lo tenemos. Suelen generar angustia y ansiedad hasta que recordamos qué fácil era pulsar.
Olvidándonos de qué manera entramos y de que sepamos salir, sólo por juego, se nos presenta una duda shakespeariana: ¿se debe utilizar el instinto, sufriendo los tiros penetrantes de la fortuna injusta, o una técnica, haciendo frente al torrente de calamidades con oportuna resistencia, para salir del laberinto?
En cualquier caso, el instinto dentro sólo les funciona a los inteligentes y calmados.