jueves, 12 de marzo de 2026

Una cuestión de alergias

De modo que ayer tuve la famosa cita con el médico que te había anticipado. Llegué puntual, como de costumbre, pero, como me temía, todavía pude disfrutar durante un tiempo de la sala de espera, tiempo que ocupé en escribir una reflexión sobre el nombre de las cosas que venía rondándome la cabeza estos últimos días, fruto de un sueño y un recuerdo. Me río ahora porque estarás pensando, como yo, que mi proceso de creación es muy al estilo Oliver Laxe con Sirat. No sé como escribir correctamente el sonido onomatopéyico de una carcajada. De la que me ha venido a la cabeza al pensarlo.

Cuando por fin mi nombre apareció en la pantalla del centro de salud, pasé directamente a la consulta del dermatólogo. "Tiene usted flojera de carácter y déficit de capacidad didáctica", me espetó nada más verme, sin mediar un buenos días ni haberme dado tiempo a sentarme. Yo llegaba para consultar una potencial dermatitis de contacto en la mano provocada por una alergia, pronosticada por un vecino en una conversación de ascensor. Me sentí apaleado por un diagnóstico que no venía a cuento por su contenido, pero que firmaría cualquier familiar o amigo que conociera como me tiene de domesticado mi hija Flor. Ella, muy adulta pese a sus ocho años de edad, ha heredado el carácter de su madre, todo lo opuesto a flojo, y hace tiempo que ha pasado por encima de mi con una facilidad pasmosa, con un salto que si lo hiciera una gimnasta rumana en el potro en unas olimpiadas, le pondrían un diez.

No he sabido que contestarle. Se ha aprovechado de mi estado de shock, y en unos cinco minutos me ha revisado la mano, me ha dicho que en una uña puede que tenga hongos y me ha recetado preventivamente la misma crema para la mano derecha y el pulgar de la izquierda. Le he pagado treinta euros, me ha dado cita para dentro de dos meses para estudiar la evolución del desperfecto y me he ido sin poder articular palabra. He llegado a casa y me he puesto a segar el prado, asalvajado después de un fin de invierno de agua y sol. Sólo ahora, mientras paso el cortacésped, que es el momento en que me trabajo los discursos de los encuentros inesperados, dejado llevar por "el ingenio de la escalera", acierto a componer, ya tarde, tu sabes, la respuesta perfecta al cabrón del dermatólogo.

miércoles, 11 de marzo de 2026

El valor de las palabras

Una vez leí que las cosas comienzan a existir cuando se les pone nombre. Antes, supongo, están en una especie de limbo semántico, como en una sala de espera de hospital, aguardando con impaciencia que alguien les cite por megafonía. ¿Ocurre lo mismo al revés? Cuando algo o alguien deja de nombrarse, puede ser que por olvido, ¿deja de existir, al menos para el olvidante? Porque es cierto que hay palabras que desaparecen, como el nombre de un oficio antiguo, el apodo por el que te llamaba tu padre o una pareja que ya no es, o una fábrica que cerró hace tiempo y que ya nadie recuerda. ¿Cuando muere un vínculo muere la palabra? ¿Cuando el oficio ya no existe, cuando tu padre fallece o cuando tu pareja se ha convertido en ex? ¿O el mero hecho de recordar una palabra, aunque ya no se pronuncie, aunque quien la pronunciaba ya no está, mantiene vivo a lo no nombrado?

sábado, 7 de marzo de 2026

Diario de un pardillo naíf

M camina delante de mi, unos pasos. Tres o cuatro pasos. Yo pienso que son unos metros. Lleva a S de la mano. Se miran y se sonríen. S lo hace de forma natural, la de un niño. M como si fuese un gesto aprendido, reciente. Robótico. Camina delante de mi lo que yo creo que son unos pasos, pero nos separan años, quizás no de los buenos. Y yo no lo veo. ¿Cuál es la diferencia entre naíf y pardillo? Ahora me pienso naíf por buscar una puerta de salida y no fustigarme. Se detienen, M se gira y cruzamos la mirada. Tal parece que estuviésemos en el mismo sitio en días diferentes, porque siento que no me ve. Soy transparente a sus ojos. Al menos, el yo naíf que creo que era. Ya no sé a quien miraba. Ahora me doy cuenta de que nunca la entendí.

lunes, 23 de febrero de 2026

No me gusta Madrid en octubre

Ya sé que te he dicho muchas veces que no volveré en octubre a Madrid, y por eso no me vas a creer. No estoy dispuesto a encontrármela de nuevo en la fiesta, fingir que no la conozco, y ser yo después quien se quede con mal sabor de boca, que es lo que me sucede siempre. Te he dado distintas disculpas, hasta me acuerdo que te dije una vez, todo serio y sin ponerme colorado, que tenía una gallina a punto de parir, cuando tu sabes que no tengo gallinas. El caso era no ir, y, al final, la mayor parte de las veces siempre acabo yendo. Pero esta vez es distinto. Esta vez he tomado una decisión irrevocable. No iré a tu cumpleaños.
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