Me gustan las historias de médicos y de enfermedades raras. Tienen un especial atractivo para mi, y no sabría decir porqué. Las personas que me conocen lo saben, y comparten conmigo toda anécdota relacionada. El otro día un amigo mío, en una sala de espera de un dentista, escuchó una parte de una conversación entre dos personas que parecían esperar juntas. Al parecer, una de ellas le confesaba a la otra que últimamente, sin saber porqué, sufría de una especie de incontinencia que le obligaba a estar escribiendo casi de manera contínua. Incluso que se levantaba por las noches, y no para aligerar vejiga, sino para escribir. Una frase o un párrafo, pero tenía papel y boli en la mesita. No sabía a que se podría deber, y tampoco sabía a quién consultar. No sabía si eso era bueno o malo. El otro le preguntó que qué había hecho. "Lo sometí a una opinión mejor que la mía, la del oráculo de los dioses", fue la repuesta pedante del incontinente.
El oráculo de los dioses en realidad era un grupo variable de 8 o 9 jubilados que se reunían los jueves por la tarde a tomar un café descafeinado o una tónica, nunca más allá, y que tenía poco de oráculo y nada de dioses. Una pandilla de jubilados que mejor estaban apoyados en una barandilla vigilando obras, se dedicaba a intentar arreglar el mundo, con la inestimable ayuda de que entre todos pasaban de seiscientos años de vida. El oráculo, al que voy a seguir llamando así, con un poco de carga irónica, lo reconozco, decidió que de aquella reunión debía salir cuál sería el órgano al que se le debía trasladar la consulta. Menúdo oráculo de mis narices, pensé cuando me lo contó. Hablaron de encidar a un urólogo, por la incontinencia, a un neurólogo, por si era fruto de una distorsión cognitiva que le producía hiperactividad mental, y, por otros motivos, a un psicólogo y hasta a una tarotista. Como el oráculo no emitía una opinión colegiada, cosa que yo ya esperaba, finalmente, el incontinente decidió desechar la idea inicial del urólogo y le colocó una n y una e delante.
El caso es que pasó el tiempo y a mi amigo le llegó el momento de entrar al potro de tortura, y no pudo escuchar más de lo que el incontinente le contaba al acompañante, bajo secreto de confesión colectivo.
Si formaras parte del oráculo, ¿qué consejo le hubieras dado tu?