Me he acordado hoy, escuchando la radio, del concepto de ánodo de sacrificio. Es un poco técnico, pero ahí va, porque es importante para esta disertación. Cuando se ponen en contacto dos metales, directamente o a través de vualquier conductor de corriente eléctrica, se produce un movimiento de electrones entre ellos, que pasan de un metal a otro. Uno pierde electrones y otro los gana. Hagamos dogma de fe en esto, sin preguntarnos más. Lo que sucede a continuación es que el que el metal que cede electrones se va corroyendo, se sacrifica por el otro, de ahí el nombre de ánodo de sacrificio. Tiene muchas aplicaciones industriales interesantes, y el que quiera saber más, que lo busque. Pero quedémonos con que uno de los metales se corroe, forzosa o voluntariamente, para que el otro sobreviva.
En la radio, esta mañana, hablaban del moho en las comidas, ya fuera en un queso azul o en un yogur o unos pimientos olvidados en la nevera. Pensé entonces también en la carne roja que dicen que se deja que se pudra por fuera para mantener intacto el chuletón por dentro. Se raspa esa parte que se corroe y lo que hay debajo está excelente, y no entraré en disquisiciones veganas o no. Con lo que trato de jugar es con el ejemplo.
Pensé también, de la misma forma con las relaciones personales. A veces, una relación de amigo, de pareja o de cualquier razón, siempre que sea posible de romper, hay que dejar que se pudra, que haga de ánodo de sacrificio, que se corroa y garantice una superviviencia más importante, que debajo hay algo más válido, eso a lo que se está protegiendo. Que es una transición natural de las cosas.
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