Unas semanas atrás, en una cita para comer con un amigo que hacía meses que no veía, llegamos al restaurante antes de tiempo, y ya nos tenían preparada la mesa. Eramos los primeros en entrar al comedor, por lo que nos atendieron rápido, más de lo habitual. No me gusta esperar para ser atendido una vez sentado, así que me pareció fantástica esa casualidad. Poco después que nosotros, llegó una pareja de unos cincuenta años, de los que la mujer me llamó la atención por lo bien que le quedaba el vestido que llevaba, tanto que despertó en mí un inequívoco sentimiento de lujuria. Mi amigo reconoció al hombre de la pareja, y se levantó a saludarle. El tiempo de su conversación decidí invertirlo en seguir mirando a la mujer, que voy a recalcar por si no ha quedado claro, me había dejado sorprendido. Ahora seguro estás pensando que sorpresa está escalones por debajo de lujuria.
Al poco tiempo, vi que mi amigo, en su animado diálogo con su contertulio, señalaba hacia la mesa, hasta el punto de que los dos se dirigieron hacia mi. Cuando me lo presentó, me dijo que trabajaba para una empresa que se llamaba Zorkvent. Me entregó su tarjeta de visita, que era negra, con letras mayúsculas en blanco, solapándose, y que producía un impacto visual instantáneo, como si estuviera tratando de hipnotizarte. De hecho, sé que me explicó que trabajaba en algo de ventilación o de instalación de parques eólicos, porque no consigo recordar lo que me dijo.
Tan hipnotizado quedé, por la tarjeta o por el vestido, que a estas alturas ya definiría como caleidoscópico, que no me di cuenta que Zorkvent y su pareja terminaron de comer, se levantaron y sólo pude distinguirlo a él dirigirse a pagar a la barra. Si te estimulabas bien, podías ver el rastro de unas tenues estelas de los colores del vestido en el comedor.
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