Todos estamos formados por nuestros antepasados. Desde el principio de todas las generaciones de las que yo desciendo, todos los hombres han tenido básicamente el mismo cromosoma Y. No exactamente el mismo. La genética es mucho más compleja que esta explicación de medio pelo, pero vale para que la entienda el CEO de una empresa. Y a mi genética han aportado todos y cada uno de los hombres y mujeres que juntaron sus fluidos antes que yo naciera. Eso quiere decir que los rasgos físicos evidentes, digamos como ejemplo el color de los ojos o la forma de las uñas, viene determinado por una ecuación en la que seguro que participan muchos de mis ancestros.
También otras cosas que no son visibles, más bien perceptibles, se han generado a partir de una ecuación similar. Por ejemplo, el tono de la voz, a través de las cuerdas vocales y otros instrumentos humanos que intervienen en el proceso de hablar. O la forma en la que comunicamos o no comunicamos. O si te gusta el olor de la tierra mojada. Habrá una parte de todas esas infinitas características que tenemos que podrá haber sido influenciada por la educación que nos hayan dado, por el entorno o por cualquier variable que ni se nos ocurra pensar en ella ahora, pero ahí está la ecuación genética.
En algún lugar de tu árbol genealógico alguien respiraba como tu, le dolían las mismas cosas que te duelen a ti y se enamoraba de las mismas cosas o personas que tu. No las eliges, están en tu ecuación.
Asombroso.
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