Son las ocho de la tarde del 27 de junio. Sábado, para más señas. En el Club de Regatas de Gijón se está organizando una fiesta en el salón principal. Se ha improvisado un pequeño escenario, semicircular, levantado sobre una reluciente tarima de madera de castaño, en torno al cual se disponen ocho mesas, en dos filas alrededor del escenario. Las mesas están numeradas del 1 al 8, pero no llevan orden alguno. Cada mesa tiene anotados los invitados que deben sentarse en ella, no con sus nombres, sino con unos números que representan a las parejas, estos si consecutivos. Están ya todas ellas completas, no hay ningún hueco libre. Hay, por tanto, sesenta y cuatro personas, de las que sabemos, no nos preguntemos porqué, que forman 32 parejas, casi todas ellas casadas, excepto unas pocas que lo estarán antes de que transcurran unos pocos meses. Al lado de cada uno de los platos, un recordatorio del evento indica que se trata de la Fiesta de Séptima Generación, y se describe con detalle el menú.
Se nota una gran expectación en la mayoría de los invitados, casi se podría decir que un poco de nerviosismo. Se les ve charlar animosos entre ellos, con certeza preguntándose como se llaman, si les gustan las mariposas, de donde vienen, cuál es su color preferido, si conocen al anfitrión, y cosas como las que se le pueden decir o preguntar a un compañero de evento al que se ha sido invitado sin saber porque. Al llegar, una serie de personas, uniformados y elegantes, han ayudado a los asistentes a ocupar su lugar en las mesas, pero se han debido retirar ya porque no se distingue su lustroso uniforme. Quienes comienzan a aparecer ahora yo diría que son los camareros, que se colocan formando una línea recta en la zona del salón opuesta al escenario, justo donde la luz de ambiente es más baja. La cena está a punto de comenzar. Hasta ahora, la logística ha sido impecable, sólo al alcance de una organizadora profesional. La liturgia previa a la cena, para enmarcar. Todo ha salido perfecto.
CONTINUARÁ
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