He llegado a la conclusión de que no existen objetos perdidos.
Hay objetos que abandonamos porque ya no los queremos. Deseamos desprendernos de ellos y de lo que significan, como si el quitárnoslos de encima supusiera deshacernos de una carga que nos lastra, y que ese abandono significara el abandono de la carga. A veces, incluso planificamos el abandono y descontamos los días, las horas y los minutos hasta que ese objeto es dejado. Nos provoca alivio el renuncio.
Otros nos los olvidamos sin ser nuestra intención, porque no son tan importantes momentáneamente como para fijarnos si los dejamos encima de una mesa de un bar, del capó del coche antes de arrancar, en un paragüero de una oficina de correos, en una consulta en la seguridad social o en la cerradura de una puerta. Ese olvido, en general, no nos provoca pena.
Hay otra categoría, que son los objetos caídos. Un bolsillo roto, las prisas, una chaqueta mal colocada sobre una silla. De esos no hubiéramos querido deshacernos, y nos damos cuenta de lo que pudo haber sucedido cuando ya es tarde.
¿Qué pensarían esos objetos de nosotros, si pudieran?
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